ASSOC.PER ELLS (MALLORCA)XIVè ANIVERSARI ANY 2019

ACOLLIDA D'INFANTS DE BELARÚS I D'UCRAïNA AFECTATS PEL DESASTRE DE TXERNÒBIL DES DEL DESEMBRE DE 2005.

NECESSITAM UNA TELEVISIÓ I UNA GELERA.

perells | 25 Juny, 2009 13:10

Estimades famílies, ja hem aconseguit una casa a Can Picafort per l'estada de les 2 monitores però fèim aquesta crida ja que necessitam una televisió i una gelera durant 1 mes i mig, mentres els nostres 23 infants siguin per a aquí.

Si qualcú disposa d'un d'aquests dos electrodomèstics. Per favor!! ens ho comunicàu.

MOLTES GRÀCIES

Atentament, La Junta Directiva.

VIVIMOS LA ÚLTIMA VEZ (BELARÚS)

perells | 25 Juny, 2009 12:56

Diario escrito en 1994, ocho años después de la catástrofe de Chernóbil.

Entonces nadie no sabía que el lugar más contaminado en la aldea Malínovca, donde vivía mi abuela, estaba bajo el viejo peral, que se encontraba en el huerto de la abuela.

Aquel verano nadie podía suponer que la desgracia estaba en su aldea, que el viejo árbol en el huerto de mi abuela irradiaba la muerte. Los paisanos aconsejaban a la abuela derrumbar el peral porque cubría con su sombra la tercera parte de su huerto. Pero la abuela se negaba diciendo que hacía mucho tiempo bajo ese árbol se había derramado la sangre de una muchacha muy joven. Mucha gente sabía esta leyenda, pero no todos creían, mi abuela, sí, creía y consideraba que el árbol era santo.

Le gustaba el peral y a mi prima también. Aquel verano la niña pasó las vacaciones de verano en casa de la abuela.!La aldea Malínovca es tan hermosa! Mi prima ayudaba a la abuela en el campo y en el huerto, recogía bayas y setas en el bosque...

Un día llegó un jefe municipal a la aldea y dijo: "La tierra, el aire y el agua en la aldea están "limpios", podéis vivir tranquilos. Y ellos vivían.

Bajo aquel peral mi prima dibujaba paisajes (estudiaba pintura y sabía dibujar muy bien), soñaba con ser pintora. Aquel verano mi prima se hizo una verdadera belleza. Cumplió 15 años. Tenía un diario donde escribía los acontecimientos más importantes. Aquí sus últimas notas.

1 de marzo

Los chicos de la sala número doce nos felicitaron con la primavera. Hicieron un muñeco de nieve y lo trajeron a nuestra habitación en una bandeja grande. Era un muñeco muy bonito. No sé quien lo hizo. Supongo que lo había hecho Anatoli. Sueña con ser escultor, hace unas figuritas de barro muy bonitas.

Hoy le han permitido levantarse después de la terapia química y quiere hacernos sonreir. !Ha empezado la primavera! Cerca del muñeco había un papel en que decía: "!Chicas, les felicitamos con la última nieve"!

- ¿Por qué con la última?¿De veras la última? -se preguntaban las chicas llorando.

El muñeco se derritió. De nuestras lágrimas.

2 de marzo

Hoy ha llegado la abuela. !Mi querida abuela! Ella se siente culpable por mi estado de salud. Le pedí que me contara la leyenda sobre el peral de Masha, bajo el cual me gustaba soñar y que resultó ser un pequeño reactor.

Escucho a la abuelita y trato de recordar cada rasgo para dibujar su retrato después. La abuela habla despacio, en voz baja, el alma se llena de una tranquilidad suave y profunda.

- Hace mucho tiempo, cuando en nuestro país había terratenientes, un rico conde se enamoró de una muchacha pobre, pero muy hermosa. Por fuerza la trajo a su palacio. Marila lloraba y estaba triste en las lujosas habitaciones del conde.

Un día huyó del palacio con su criado. Los alcanzaron los soldados en el campo. Muy furioso el conde gritó: !Sí no quieres ser mía, no pertenecerás a nadie! Y le asestó un sablazo. Dice la gente que en el lugar, donde se derramó la sangre de Marila, creció un peral muy bonito. Por eso lo cuidaba tanto...Pero ahora ya no existe nuestro peral. Llegó una grúa grande y lo arrancó con las raíces. Aquel lugar limpiaron con una solución especial y pusieron una señal. De nuestra aldea se fueron casi todos. Nuestra Malinovca se hizo vacía como muerta.

Al despedirse la abuela yo le quería pedir:"Si me muero, no me entierren en el cementerio, le tengo miedo. Mejor en el campo o en un abedular... y planten un árbol: un peral o un manzano..." No, no quiero ser árbol. Tengo que vivir. Voy a vivr. Tengo bastante fuerza para superar la enfermedad, lo sé.

3 de marzo

Lucho como puedo. He terminado el retrato de la abuela. Cuando lo vio la madre se conmovió mucho: ¡Hija mía, que talento tienes! Mi doctora, Valentina Ivánovna, dice que soy valiente y que mi tratamiento va exitosamente. ¡Dios mío, dame fuerzas para resistir!

4 de marzo

Si estoy mejorando ¿por qué estoy vomitando tanto, por qué la habitacion está como en los columpios?... Escribo después de cuentagotas. Estoy un poco mejor. Gala, Vasa y Dina, mis amigas en la habitación, me miran con los ojos tristes. Compadecen de mí porque también han sufrido como yo. Quisiera que nadie viera mis sufrimientos tan dolorosos, pero ¿qué hacer?... El hospital está repleto. Tatiana Ivánovna dijo que hacía 3 años estaba casi vacío. Lo llenó la tragedia de Chernóbyl. Si fuera posible reunir a todos los culpables de nuestra desgracia y hacerlos pasar por nuestro hospital para que vieran los resultados de su trabajo.

Empecé a leer a Ajmátova(poetisa rusa). Apareció el deseo de dibujar el cuadro "Vivo la última vez".

5 de marzo

Murió Iván, un chico rubio con ojos azules, favorito de todo nuestro hospital. Tenía solamente siete años. Antes lo curaban en Alemania. Anteayer nos invitaba a bombones porque tenía su día de cumpleaños., recibía las felicitaciones, estaba alegre... ¡Dios, ¿por qué tan despiadado? Iván...¿por qué?!

6 de marzo

Puedo soportar cualquier dolor. Me enseñó esto mi mamá. En general, si pudiera, pondría un monumento a mi Madre junto a la entrada al hospital. Ellas mismas resisten y nos enseñan a nosotros. Vi como aguantaba Vova, el de 5 años. Mientras su madre buscaba al doctor, hasta que le hicieron la inyección, estaba mordiendo sus dedos, pero no gritó, ni lloró. ¿Qué será de él, qué será de todos nosotros en adelante? La catástrofe de Chernóbyl es una de las que no se puede comprender. Es algo horrible, que obliga a no creer en el sentido de nuestra existencia terrestre.

7 de marzo

Trajeron la ayuda humanitaria de Dinamarca. En la habitación entró una mujer rubia, muy simpática. Me pasaba la mano por la cabeza y en sus ojos estaban lágrimas. La traductora dijo que hacía unos años su única hija había muerto en un accidente en la carretera. La visitante extranjera se quitó su cadenilla con la cruz y me la puso a mí. Yo pensaba que todas las madres en nuestra tierra se parecen una a la otra en su amor a los niños.

8 de marzo

Fiesta...Sobre la mesa están naranjas y plátanos, una rama de mimosa y una tarjeta postal con las palabras: "¡Si los deseos significan algo, deseamos mucha suerte, que brille el sol, que ame tu corazón, que todas las desgracias se conviertan en victorias!"

Aquí no hay costumbre de desear salud y felicidad. Solamente victorias. Vences tu terrible enfermedad y la felicicdad siempre estará contigo.

En la sala de actos del hospital organizaron una fiesta dedicada a las mujeres. Bailé con Anatoli, pero no mucho. Sentí el mareo. Las chicas dijeron que éramos la mejor pareja.

9 de marzo

El cuento se acabó. Me siento mal otra vez. Así no era nunca antes. Vomito desde la mañana, los espasmos no cesan y los medicamentos ya no me ayudan.Pero lo más terrible es mi pelo. Mi pelo cae de mi cabeza como un río.

Tatiana Ivánovna dijo que me han hecho todo el tratamiento. Ahora tengo que recuperarme en casa. Pero he visto sus ojos... y he comprendido todo. ¡He comprendido: es todo!

10 de marzo

La mamá ha traído mi querido vestido.¡Estoy tan hermosa con este vestido!

Me mantenía de pie con mis últimas fuerzas, pero me despedí de todos.¡Adiós, hombres!¡Recuerdenme! ... Esperanza murió a finales de marzo. La última palabra en su diario era la palabra latina "VIXI" (Vivido).

L'ARRIBADA S'ESTÀ ACOSTANT!!!!

perells | 11 Juny, 2009 19:31

ESTIMADES FAMÍLIES ELS NOSTRES 23 INFANTONS TAN SOLS ELS HI QUEDA PER ARRIBAR 18 DIES. QUINA IL.LUSIÓ!!!!!!

ATENTAMENT, LA JUNTA DIRECTIVA.

MI VERANO AZUL. LEJOS DE CHERNOBIL.

perells | 06 Juny, 2009 14:16

Tiene diez años, pero aparenta cinco. La contaminación que dejó el desastre de Chernóbil en su Bielorrusia natal ha hecho mella en el cuerpo de Krystina. Para paliarlo, una familia española la recibe cada verano en su casa. Durante un mes comerá fruta y jugará sin miedo al aire libre. Como ella, otros pequeños compatriotas llegan a nuestro país en busca de una cura de salud.

Unos 40 niños bielorrusos han llegado este año a Sant Andreu de la Barca, a 20 kilómetros de Barcelona, para pasar un mes acogidos en familias. Todos ellos, o la mayoría –quizá se salven los que llevan varios años viniendo–, tienen elevados niveles de radiactividad, problemas de tiroides y/o el sistema inmunológico dañado. La experiencia ha demostrado que en un mes de respirar aire puro, comer verduras y mucha fruta, leche y alimentos básicos no contaminados se pueden reducir considerablemente, e incluso llegar a eliminar, los grandes índices de radioactividad acumulados en el cuerpo.



Krystina Hud cumplirá diez años el próximo septiembre y vive en la pequeña aldea de Prialniki, en la región de Volozhyn, a unos 130 kilómetros de la capital, Minsk, con sus padres y su hermana de cinco años y medio. Su padre es agricultor, así que la alimentación básica de su entorno la constituyen los productos de la tierra, todos ellos contaminados. Su madre trabaja limpiando. Al menos ella tiene la suerte de tener una familia que la cuida. Algunos de los niños del programa provienen de orfanatos, a donde llegan tras ser retirada la custodia a los padres por malos tratos o abuso del alcohol, en la mayoría de los casos.



Traer a uno de estos niños desde Bielorrusia le cuesta a cada familia unos 600 euros, y lo que recaudan durante el año con la venta de lotería, organización de cenas, mercadillos y otras actividades se destina a proyectos humanitarios. Todo se canaliza a través de nuestra Asociación fundada hace una década en Sant Andreu de la Barca. No reciben ninguna ayuda de la Generalitat de Cataluña, aunque sí del Ayuntamiento de San Andrés y de diversas entidades privadas. Aun así, los niños han de sufrir dos agotadores días de viaje en autobús porque el presupuesto no es suficiente como para costearles los billetes de avión.



La primera experiencia

Aunque no es su primer contacto con la familia Rueda-Hernández, al bajar del autocar, la pequeña Krystina se muestra tan tímida y poco expresiva como cuando llegó a España por primera vez, hace ya dos veranos. Marta y Estel (su madre y su hermana de acogida, respectivamente) la esperan con los brazos abiertos y con mucha ilusión. Félix no ha podido venir. Ha pasado todo un año de escribirse cartas y esperar el regreso. Por fin está aquí. Durante un mes, Estel volverá a gozar de la compañía de la hermana que siempre ha querido.

Cuando Krystina vino por primera vez, Félix, Marta y Estel ya sabían lo que era tener en casa a un niño extranjero. Previamente habían acogido a dos saharauis. Esta vez Marta, la madre, creía que iba a ser muy diferente porque su hija era un poco mayor e iba a entender a la perfección las circunstancias en las que venía Krystina. «Las otras veces era tan pequeña que no comprendía la situación y estaba celosa», recuerda. Y en esta ocasión no sólo no tenía celos, sino que Estel descubrió en Krystina a una compañera de fatigas con la que compartir amigos y experiencias que para la bielorrusa eran totalmente nuevas. Como, por ejemplo, bañarse en una piscina. A los 15 días de llegar a España, la niña ya había aprendido a nadar, a pesar de que nunca antes había visto una piscina y de que, al principio, le daba miedo meterse. En Bielorrusia no se construyen habitualmente porque hace mucho frío y no tienen medios económicos para mantenerlas en condiciones.



El mismo día que probó las mieles del agua azulada se subió también por primera vez en una bicicleta. Y le pilló el truco enseguida. «Es una niña muy espabilada», dice Marta, orgullosa. Las risas de Krystina se oían todo el rato. Ante la imposibilidad de comunicarse con palabras, los primeros días la risa decía muchas cosas. Félix piensa que con los niños no hay barreras que valgan «ni culturales ni lingüísticas, porque ellos son más flexibles, se adaptan mejor y no tienen aún tantas normas y costumbres profundamente arraigadas». Krystina es un buen ejemplo: pese a su timidez inicial, entendía lo que le decían y se hacía entender mediante gestos. Ahora ya es capaz de cantar alguna canción en español e incluso a veces conversa por teléfono con la hermana de Marta. La relación que tiene con Estel es excelente. Se entienden bien, a pesar de que no se comunican en el mismo idioma. «Yo le hablo y ella entiende todo», reivindica Estel, a quien su madre define como una «embajada de la ONU» por la buena relación y la paciencia que demuestra con los niños extranjeros, sea cual sea su procedencia. «En el colegio siempre la sientan al lado de los recién llegados porque ella los ayuda mucho.» Elisabet y Mariona, monitoras de la escuela de verano a la que asisten Estel y Krystina mientras Félix y Marta trabajan, no están de acuerdo en que el idioma no es una barrera. Al menos para jugar al hockey lo es. Se oye un grito en forma de reprimenda: «¡Krystina, pelota ahí!», le dice Natalia, exasperada y desesperada al ver que la bielorrusa mete los goles en propia portería. «El entendimiento es difícil, sobre todo para explicarle las reglas de los juegos», afirma Mariona.



Igual que se le soltó la lengua con el paso de los días, también ocurrió lo mismo con su timidez. Al principio comía de todo y sin rechistar. «No es muy comedora, pero le deben de haber dicho que se acabe lo que le pongan», comenta Marta, que piensa que estaba bien enseñada. Pero la confianza acaba por hacer brotar el carácter de Krystina, firme y con las cosas claras. Ya no acata las decisiones sin más, ahora «pide y propone, pero es de buena pasta y si no logra lo que quiere, se conforma y no llora», dice Félix. En el parque de atracciones, adonde han ido a pasar el día, la hora de la comida vuelve a ser conflictiva: el bocadillo no triunfa, pero el refresco y las patatas desaparecen rápidamente. La comida basura se revela universal. Y, por lo visto, el helado de chocolate también lo es. «En Bielorrusia no tenemos helados», confiesa Krystina con un mohín de fastidio mientras devora uno. Aquí se ha convertido en fiel consumidora de este alimento. Lo echará de menos cuando regrese a casa. Y tiene ganas de volver para explicar a sus padres y a sus amigos lo que ha hecho aquí.



Preferencia para los más necesitados

«Un error típico del occidental económicamente poderoso es pensar que estos niños vienen aquí, lo tienen todo, y lo que querrán es quedarse. La gente piensa que, porque viven en un país que económica y socialmente está peor, han de dejar de querer a su país. Y eso es falso. Tú quieres a tu país independientemente de cómo vivas y de lo que tengas. Y estos niños vuelven después de un mes fuera a encontrarse con lo que es suyo», reflexiona Félix.



De todos modos, a estos pequeños, el mes de estancia en España les debe de parecer un lujo porque, como recalca Paquita Ros, presidenta de la asociación, además de traer a los niños que están más afectados por la radiación se intenta dar preferencia a los más necesitados. «Muchas familias españolas se quejan de que vienen con lo puesto –explica Paquita–. Y es que se ha de pensar que esos niños no tienen nada; podría ser mi hijo o el tuyo, y yo no me podría permitir un mes de estancia en EE.UU. para él.» Hay quien está muy concienciado con el tema y otras aún piensan que los niños vienen de vacaciones.



Puesta a punto para la vuelta

Ajenos –la mayoría– a su situación y a las circunstancias que los traen a España, los niños disfrutan de las novedades que les ofrece este viaje. Krystina va como loca de un lado a otro. Hoy han ido de compras, algo que probablemente no había hecho nunca antes. Alucina con las puertas automáticas y las escaleras mecánicas. Todo lo mira y lo toca. «¡Martaaaaaa, miraaaaa! ¡Esteeeel!», grita en una tienda de ropa. Lleva en la mano un forro polar de la talla 3. La intentan convencer de que es una prenda que le serviría a su hermana, Ana. Pero ella no lo acepta y se enfada. «¡Pequeñito noooooo!». Sigue su periplo por los lineales, cogiendo un pantalón de aquí y un jersey de allá; desnudándose en medio de la tienda y probándose las prendas más recargadas que encuentra, explicando que si se lleva ese pantalón a Bielorrusia su madre le cortará los flecos del bajo que a ella tanto le gustan. Cada día es una odisea vestir a la niña. Los vestidos no le gustan, pero resiste muy mal el calor, así que sería conveniente que se pusiese alguno fresquito. Marta saca del armario uno tras otro hasta que la convence para que se ponga uno de cuadros rojos y blancos que le queda muy bien. Krystina fue una de las que vino con lo puesto. Marta está comprando ropa y zapatos para ella y su hermana pequeña. Aunque el autobús que trae a los niños viene vacío de equipaje, siempre se va lleno, ya que autorizan a cada pequeño a llevar dos bolsas.



Atención médica gratuíta

Siempre pasa lo mismo: cuando mejor está uno, es hora de volver. Krystina ya ha hecho amigos, incluso se ha echado un `noviete´. Juega a las palmas, come gambas si es necesario y aunque aún le sorprenden los tomates cherry («en Bielorrusia tenemos tomates así de grandes», dice abriendo los brazos hasta el tamaño de una pelota de baloncesto), ya no se queja tanto de la comida. Antes de marcharse, los niños reciben atención médica dental gratuita. Por lo general, suelen venir con la boca en mal estado, con muchas caries y dientes condenados a la extracción. Las doctoras Falcó y Sanabria explican que los que llevan años viniendo son los que tienen la boca mejor, porque se la van arreglando poco a poco. Los monitores van con ellos a la consulta y hacen las veces de traductores y de psicólogos, intentando expliar a los chavales que no les van a hacer daño, sobre todo a los más pequeños. Krystina entra sin resistirse, pero tiene carita de estar muy asustada. Se sienta y aprieta las manos contra el sillón, que sube y baja sin previo aviso, lo que desconcierta a la niña. Tiene los dientes muy estropeados para su edad: le han de empastar cuatro muelas y sacarle un colmillo. Casi nada.



La hora de la despedida

Krystina está bastante callada. Sólo sonríe de vez en cuando. Estel tampoco habla, algo poco habitual en ella. Esa mañana se han bañado y han ido a comer a un McDonald’s. Ya en casa, Krystina se ha pesado en la báscula, como hizo el día que llegó. «¡Mira, Marta! –dice, contenta–. Antes, aquí; ahora, aquí», y mientras habla, mueve su dedo cuatro rayas hacia la derecha. Ha engordado cuatro kilos. Toma [su mamá] estará contenta.



Aún no hay mucha gente esperando el autobús. Parece que se retrasan. Callada, Krystina duda entre obedecer a la mano que se ha aferrado con fuerza a la de Marta o seguir los impulsos de la otra, asida a la de Natallia, amiga bielorrusa, que tira y tira para coger un buen sitio en el autobús. Finalmente se desprende de Marta y echa a correr, al poco mira atrás y vuelve. Natallia la reprende. No cogerán buen sitio. Krystina parece convencida por su amiga, suelta a Marta y se dispone a subir al autobús sin despedirse. Félix la coge: «Gamberra, al menos un besito, ¿no?», le dice mientras la coge en brazos. Da un beso a cada uno, nada de lágrimas ni sollozos ni despedidas largas, como algunas de las que se están produciendo a su alrededor. Los niños que llevan muchos años viniendo lloran porque no quieren dejar a quienes ya se han convertido en sus segundas familias. Krystina sube al autobús. Félix, Marta y Estel se sitúan en el lado en el que la niña se ha sentado. Están tristes. Marta y Estel se abrazan. Krystina pone su mano en la ventana del autobús y dice adiós. Natallia también se despide de algunos españoles; su `madre´ catalana va con ella a Bielorrusia.



Alguien olvidó ayer llevar su equipaje al punto de recogida acordado. Abren el maletero del autobús. Una bolsa de cuadros resalta entre todas las demás. Tiene un gran cartel pegado. En él se lee una inscripción con el alfabeto latino y otra en cirílico. Dice «Krystina Hud». Se baja la puerta del maletero y el conductor enciende los motores. Decenas de brazos se agitan diciendo adiós dentro y fuera del autobús. Ojos llorosos también dentro y fuera. Los monitores cuentan a los niños. Estel y Marta se abrazan. Krystina dice adiós con la manita. El autobús se va. Atrás queda un mes y medio de fantásticas experiencias y descubrimientos. Por delante, dos días de agotador viaje y todo un año de vida en la escasez, hasta que pueda volver a disfrutar de unos días con su nueva familia.



«¿Por qué?», pregunta Estel a su madre. Y rompen a llorar las dos.

Lourdes Segade

MALETA ESTIU 2008

perells | 06 Juny, 2009 13:51

Aprofitant la tornada dels nostres infants a Bielorrússia, l'Associació Per Ells envià una maleta plena de jerseis, guants, gorres de llana... i aquí teniu fotos d'alguns dels infants a qui els arribà la nostra ajuda.Ells viuen a Berezino (alguns dels nostres infants d'acollida provenen d'allà).

Moltes gràcies!!!!

 
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